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Largo y cálido verano


Largo y prometedor en junio. Volviéndose planes fundados en julio. Vacaciones a la vista. Todo por vivir, todo por descubrir.
Calor, piscina, mar, viajes en agosto. Vida social, noches calurosas, sol abrasador. Turismo, amigos, risas, tardes ociosas de siesta. Quizás amores...

En septiembre la dolorosa consciencia de lo no realizado. De lo no vivido. De lo que ya pasó para siempre...

Dudas existenciales














- Hace buena tarde - dice ella.
- Sí, muy buena - replica él.
De nuevo el silencio, mientras miran sobre los tejados del centro de Madrid, cómo enrojecen las nubes esporádicas al ponerse el sol.
- Pero tengo una duda... - dice ella.
- ¿Cuál?
Tras una pausa, ella dice:
- ¿Cómo se sabe si está amaneciendo o se está poniendo el sol?
Él la mira perplejo durante un segundo, y vuelve a desviar la mirada hacia el horizonte rojizo.
- ¿Por la hora? - dice dudoso...
- Ay, no me entiendes, hombre... - un tenso silencio.
- Me refiero a que es muy parecido cuando se pone el sol y cuando sale, si solo ves la imagen, por ejemplo, aislada del resto; en los dos casos hay un disco luminoso y rojizo cerca del horizonte, el cielo medio azul y medio teñido de rojo, la temperatura baja...
Ella seguía elucubrando, él seguía tratando de entender qué quería decir. Ella intentaba llegar a alguna parte.
- Si ves una foto de un amanecer y otra de una puesta de sol, ¿cómo las distingues?, es imposible. Es como despedirse o encontrarse dos personas. En ambos casos, se sonríe, se mira a los ojos, se levanta la mano. Se da un beso fugaz...
Él vuelve a mirar su perfil, ya completamente perdido.
Ella gira el rostro y le mira.
- ¿Entiendes?
- No - dice él después de suspirar.
Ella sigue mirándolo durante unos segundos, el ceño fruncido, y vuelve a mirar hacia el sol ya casi invisible.
- Pues eso, que nunca se sabe...

Cuentos de hadas


Enigmáticos, cariñosos, dulces, misteriosos, inteligentes, imprevisibles, independientes, fieles, sigilosos...
Estas son las características que pueden atribuirse al ser felino doméstico al que llamamos gato.
Pero ahora que lo pienso mejor, creo que daría casi cualquier cosa por encontrar a su equivalente humano y masculino.
O bien, a un precioso gato que se transformara en un hombre maravilloso sólo con besarle en los morros, como sucedía con la rana de los cuentos de hadas. Un felino que acto seguido se transformara en un apuesto chaval que fuera cariñoso, dulce, inteligente, imprevisible, independiente, enigmático y misterioso. Un hombre que me “engatusara” y conquistara con sus dulces ronroneos y luego desapareciera “misteriosamente” y “sigilosamente”.
Pero podría ocurrir que a diferencia de mis gatos, que siempre regresan a mi casa (que en realidad es la suya) después de sus correrías nocturnas,... quizá no volviera nunca más, pues le faltaría la característica gatuna de la fidelidad (aunque sólo se le atribuye a los cánidos, estos no tienen su monopolio, los felinos pueden ser tan fieles como el que más).
Ahora que medito en ello; ni siquiera hace falta transformar a ningún gato encantado. Chicos como los arriba descritos abundan en la historia vital de cualquier fémina, desgraciada o afortunadamente. Aún sigo buscando a los que permanezcan a mi lado...